Noche luminosa y estrellada. La luna primaveral, en su zenit, luce radiante y baña los rincones más recónditos, mientras en la calle todo es un ir y venir, una amalgama de sonidos que rompen la quietud de la noche.

Adentro, se palpa en cada gesto, en cada mirada, los nervios que preceden a lo que ha de ocurrir, a lo que se desea que empiece. Cada uno y cada una, va ocupando su lugar e interioriza el recorrido que ha de venir, con el fin de acompañarlo mejor, de completar este viacrucis que va a comenzar, acompañándolo a Él.

Quedan segundos para la una de la mañana y una voz dice: “¡Nos vamos!”.

La carroza, con un chirriar de las ruedas al deslizarse por las baldosas de la Ermita, comienza a moverse y, detrás de ella, siete nazarenos, cada uno con su oración interior, cada uno con su sufrimiento o gratitud particulares, agarrados a sus cruces, acompañarán al Maestro en su recorrido.

¡Ya sale! ¡Fíjate cómo nos mira! Jesús del Perdón sale a la calle y se diría que puede cortarse el silencio que provoca en los cientos, quizás más de mil o dos mil penitentes sin túnica, que van siguiéndolo con la mirada, mientras se realizan las maniobras para iniciar la marcha por la calle Ancha. La banda termina la interpretación del himno que ha recibido a la imagen y, con un redoble de tambor, la Procesión del Silencio inicia su lenta marcha, en un intento de colocarse, cada uno en su sitio, para contemplar mejor al dueño de la noche manzanareña, que sale a recordarnos aquella mañana en Jerusalén, donde sirvió de burla y escarnio, para terminar colgado de un madero. ¡Silencio, Cristo ya está a mi lado y he de intentar confortarlo con mi cariño y mi oración!

El nazareno, detrás del Señor Arrodillado en su segunda caída, camino del Calvario, entra con cientos de penitentes, venidos de mil y un lugares para estar junto al Nazareno, poco a poco, en la Plaza de las Palomas, cuando las campanas, con dos suaves toques, indican que es la una y media de la “madrugá”. Parece que la gente de las aceras, asomada todo lo que el equilibrio les permite, quisiera besarlo o comérselo con la mirada. Él, sigue su camino, se adentra en la calle del Carmen, para doblar por Monjas, camino del Pradillo, Blas Tello y Virgen de Gracia. La gente sigue en las aceras, esperando para verlo, para saciarse de esos gestos de misericordia que despierta. En el torreón del convento de Clausura, tras una celosía se ve una luz encendida. ¡SILENCIO! nuestras monjas velan y acompañan al Señor de los manzanareños.

En estos instantes, al nazareno que llevamos dentro y que sigue caminando tras la carroza de Jesús del Perdón, le empieza a faltar un poco el aire para respirar, tras el escapulario con el antifaz correspondiente, tras cuyos agujeros, sus ojos miran a través del reducido campo de visión. El capirote que soporta el capillo de terciopelo, pesa el doble que cuando empezó la procesión, pero… sigue adelante y se concentra en sus rezos y en contemplar los misterios de la Pasión del Señor.

Al llegar a la Parroquia de Nuestra Señora de Altagracia, la carroza se detiene unos instantes. Parece que el Señor quiere tener un detalle con su Madre, la que lo tuvo en su vientre y la que lo mantiene en sus brazos, eternamente.

En la plaza del Gran Teatro, resuenan los redobles de la banda y, tras un giro, el nazareno, siempre detrás de Jesús, enfila la calle Virgen de la Paz. Aquí, las aceras empiezan a estar vacías y la procesión parece caminar más deprisa. El nazareno se resiste a correr. Quiere disfrutar o padecer o, más bien sacrificarse, lentamente, del recorrido que camina hacia su fin. Al llegar a la Ermita de la Virgen de la Paz, la carroza gira, para saludar a la imagen de la Virgen de la Bondad, que lo espera en el umbral para dirigirle una tierna mirada.

Estamos en la calle Jesús del Perdón y la procesión vuela. Los nazarenos e incluso los penitentes que han permanecido a su lado durante todo el recorrido, se adelantan, lo abandonan para verlo llegar a su Ermita.

Nuestro nazareno, continúa detrás de su Señor Arrodillado, aunque en algún momento ya no ve a través de los agujeros porque se le ha descolocado el capirucho, pero sigue caminando tras él. A la llegada a la Vera Cruz, después que Jesús del Perdón ha traspasado el umbral de su casa, entonces y solo entonces, el nazareno descubre su rostro y aguarda, en la acera, la llegada del Cristo de la Vera Cruz, en su paso de calvario, junto a la Virgen de la Misericordia y San Juan y, para finalizar, llega el trono bajo palio de Nuestra Santísima Madre, la Virgen de la Esperanza.

El nazareno siente sus pies cansados y doloridos. En ese momento recuerda que ha caminado descalzo y que seguirá sin calzado hasta llegar a casa, pero antes… Dirigiendo su mirada hacia el interior de la Ermita, EN SILENCIO, pronuncia una oración de gratitud y alabanza a su Señor y le pide que le conceda salud y fuerzas para volver el siguiente Viernes Santo y participar en esta PROCESIÓN DEL SILENCIO, junto a Nuestro Padre Jesús del Perdón, Patrón de Manzanares.